Intentando decirlo
Para tí:
Sólo en un silencio inmenso, sagrado, cabe lo que necesito compartir. Requiero
de un silencio generoso de nuestras mentes, entre tú y yo, para compartir contigo esto. Palabras que salen del corazón entran en el corazón. Necesito
un silencio vasto, digno, lleno de compasión, que aleje todo cinismo y suspicacia,
toda mala disposición o duda. Que deje sólo lo verdadero. Tú podrías ser yo y vice-versa. Pero me tocó a mí estar en mi lugar.
Frente a frente, a la luz de un cirio, no hay excusas, argumentaciones, justificaciones.
No hay denuncias, ni acusaciones, ni sospechas. Nos miramos a los ojos, y desnudo lo que me habita:
Me indigna la mentira de la difamación al pueblo judío y su estado. Me indigna
tanto el odio, el solapado, el oblicuo, el que inventa mentiras y de repetirlas,
hasta la gente más bondadosa y culta, es pillada desprevenida y lo cree. Y no sólo eso: sin darse cuenta lo va dando por hecho, y luego lo repite.
Porque viene en envases seudo-académicos, se consolida como políticamente correcto. Acalla hasta a sus víctimas: Un odio que deviene en convencionalismos,
en siniestros lugares comunes. Penetra por agobiante repetición, por teorías de conspiración hechas de inmundicia. Y burbujea en los medios de comunicación,
venenoso de palabras, cínico de sintaxis, insidioso en sus omisiones. Incluso penetra en nuestro Chile, corroyendo la espontaneidad amistosa y acogedora
de chilenos y chilenas.
Y hoy, ese odio reeditado, tan oscuro e inconsciente como hace mil, hace cuatrocientos, o hace sesenta años, se hace consciente para deslegitimar
el hogar de mi pueblo. Mirándonos a los ojos: No hablo sobre mi pueblo versus nuestro pueblo hermano, el Palestino, que también sufre, y tanto. No. Ese
silencio que exijo no es para parcialidad alguna. Es para que nos detengamos. Respiremos hondo, lento, juntos. Tú, yo, él, ella, ustedes. Todos. Y en serenidad
contemplemos. El odio al pueblo judío tiene mil formas. Viene desde la temprana
niñez. Lo alimentó la educación, la sobremesa, el sermón, la inercia, el no haberlo detenido, el no habernos detenido, como ahora te pido, a mirarnos
a los ojos, a mirarnos para adentro.
Necesito preguntar: esa oblicua, acallada antipatía, eso que escuchaste, leíste y diste por hecho ¿de dónde viene? ¿Ese recelo que ahora mismo puede
habitar tu inquietud ante mí: ¿de dónde viene? Tú y yo, ambos somos víctimas
de él. Tú de haberlo tragado. Yo de sus consecuencias, cada día de mi vida. Tu, en tu inocencia. Yo, viendo demonizado sin escrúpulo alguno al estado
de mi pueblo. Que no es lo mismo que la legítima crítica a políticas determinadas.
Que no es lo mismo que una conversación receptiva y bien intencionada.
Hablo de la singularización demonizadora, injusta y ciega. Cada día. Por años. Pero así como somos víctimas, también ambos somos responsables. Tú
de detenerte y decir basta. Y yo de decirlo. Y no porque estemos en veredas opuestas. Tú y yo somos hermanos, hermanas. Hoy más que nunca. Podría ser
que estuviésemos uno en el lugar del otro. Y si lo hicieran contigo, yo estaría
defendiéndote sin ambigüedad, con todas mis fuerzas.
Por la responsabilidad de la Cristiandad en el antisemitismo, creo que cada ser humano que vive en una civilización eminentemente cristiana, está llamado
a expresar nuestra responsabilidad común, en medio del anhelo profundo de un planeta mejor. No existen veredas opuestas ante el odio corrosivo de tantos,
que deviene en mentira, en difamación, en el negar mi legitimidad a existir como nación, de ser, de tener hogar nacional, vecino al de mis primos. Compartir
mi legitimidad con la legitimidad de ellos. ¡Y sea la paz por fin!
El odio a mi pueblo y la difamación de su emancipación histórica, no son cosa que me competa a mí únicamente. Nos compete a todos los seres humanos.
Como Elie Wiesel, quién al inaugurar el Museo de la Shoah en Washington, recordaba la futilidad de ese acto, si se olvidaba al pueblo Bosnio en aquél
momento. Comparto mi digna ira, y exijo: toma en tu conciencia esto como tuyo, porque en última instancia lo es. Porque somos todos seres humanos.
Te lo comparto con toda su resonancia: miles de años, y millones de muertos. Y sin embargo, la hidra del anti-Semitismo muta y sigue, oscurantista y seudo-progresista
a la vez, envenenando. Si no puede con teorías raciales, sigue con distorsiones
políticas y mediáticas sobre Israel. Pero su raíz es la misma. Oscura y venenosa.
Quiero invitar a redimirnos juntos y ayudar a otros a redimirse de este agujero negro de la psique humana que es la difamación antisemita, la del veneno
solapado y frío, que acusa por un lado y niega por el otro. Un agujero negro que se expande cuando le permitimos hacerlo. Redimámonos juntos de la judeofobia
en todas sus manifestaciones.
Y no de ella solamente, y no por nosotros solamente, sino para enfrentar el odio difamador contra quién sea. Ya basta. Basta contra nosotros y basta
contra cualquiera. Por qué no hacerlo, como el Papa, deteniéndose dignísimo y gigante, junto al Muro de los Lamentos en Jerusalén, muro bañado en las
lágrimas de mi pueblo, para pedir perdón. Esa sinceridad, que lava y purifica,
que humaniza y redime, es la que nos devuelve a todos al lugar de lo verdadero, lo honesto, del encuentro, y nos hermana en el amor de Dios -o como queramos
concebirlo- y en el amor de unos a otros, hacía un mundo más luminoso, más sano,
más pleno de verdadera paz.
Rabino Roberto Feldmann.
Marzo de 2003.