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Consideraciones para una educación interior

Es un hecho que la globalización produce desidentidad, la cual a su vez genera deshumanización y para contrarrestar esta situación, surge la Educación Interior (E. I.) como integración de tres conceptos: El primero es de origen socrático y señala que educar consiste en despertar el potencial interior del ser humano. El segundo es de procedencia humanista y expresa que el objeto de educación del ser humano es el mismo ser humano. El tercer concepto procede de la pedagogía autogestionaria, la cual indica que el ser humano desde la escuela hasta el final de sus días tiene que dar respuestas a las necesidades de su entorno. 

Desde esas condiciones de origen, la educación interior configura el sentido humano que “habilita”[1] el hombre en todas y cada una de sus potencialidades, porque el ser humano no es sólo intelecto, también es emoción, sentimiento, experiencia, expresión, vivencia, intención, condición de ser y de existir que conforma una totalidad interior, la cual puede ser habilitada para desempeños coherentes con la exigencia del futuro.

Además, el ser humano posee un cuerpo que es bio - lógico y una mente que es psico – lógica, los cuales se integran como función de respuesta (mental corporal) para generar la acción humana. Desde esa forma de comprensión del problema, “el cuerpo no sólo es un hecho físico. Es además un hecho emocional, vivencial y experiencial, que se sintetiza en la corporalidad”[2], para manifestarse como respuesta psicofísica (imagen mental y actividad física) sobre la realidad circundante.

Desde esa concepción, la educación interior asumida como exploración de la experiencia humana, habilita para la mirada interior, con el fin de generar conocimiento de si mismo, y a la vez comprender las contradicciones que bloquean la intención, durante su conversión en acción transformadora sobre la realidad.  Esta participación de la Educación Interior, favorece la formación de la acción transformadora partiendo de la transformación de sí mismo. 

De conformidad con ese sentido, “habilitar es brindar a las nuevas generaciones el ejercicio de una visión plural y activa de la realidad, de manera que su mirada tenga en cuenta el mundo, no como una supuesta realidad objetiva, sino como el medio en el cual aplica el ser humano su acción, transformándolo y humanizándolo”[3]    

Para corresponder con este criterio, el proceso educativo se orienta por medio de métodos de exploración interior, a través de los cuales se expresa el potencial para elegir, la capacidad para pensar y la voluntad para hacer, conformando el potencial interior que habilita el ser humano para desempeños coherentes en el tiempo por venir, aspecto que implica un proceso de desarrollo personal y cultural para el cual se convoca la persona en su totalidad.

Hasta el momento, la educación interior ha sido un privilegio de las religiones y esta circunstancia la hace ignorada y olvidada durante el proceso educativo, a pesar de que el sistema educativo se orienta de acuerdo con una concepción integral del desarrollo humano.

En ese sentido, la educación interior comprende esencialmente el desarrollo de la función intelectual y de la función emocional, para fundamentar la intencionalidad, como la capacidad por medio de la cual el ser humano integra las formas de pensar con el querer hacer (lo cual conforma la capacidad para el hacer), mediante la coherencia entre el pensar y el sentir en la dimensión del potencial mental corporal de quien se educa, factor de influencia indiscutible en el desempeño personal cotidiano.

Desde ese proceso, el acto de pensar, la voluntad para elegir y el talento para interactuar, se manifiestan en una sola aptitud: El potencial interior del hombre para responder al mundo que le rodea. Por lo que educar el mundo interior, implica  habilitar el hombre para que a través de su potencial interior, pueda desarrollar la capacidad para ser él mismo.

Este aspecto conduce a afirmar que la educación interior configura modos de ser mejor mediante el desarrollo de la capacidad de ser uno mismo, estado que constituye un vínculo de identificación con sigo mismo, como filosofía de acción para la vida.

De esta identificación consigo mismo, surge la auto imagen positiva, la práctica de los valores, la autenticidad personal y la coherencia en las acciones. De esa manera, la educación interior colabora en el desarrollo personal autónomo, porque elude los sentimientos de culpa, no admite falsos salvadores, configura el amor por el cuerpo, la naturaleza, la humanidad y la realidad interior que se construya. Además, utiliza la fuerza interior como potencial de unidad interna y los principios como pauta moral para el progreso individual y social. 

La educación interior incorpora formas para suprimir el sufrimiento y las contradicciones, con el objeto de formar criterios de madurez para evolucionar, ya que no prohíbe ni obliga a nada dentro del respeto al derecho de los demás, enseña a conocerse y a cambiar de vida de acuerdo con el criterio de realidad que se posea y configura la comprensión de los seres humanos en el camino por establecer similares condiciones de vida para todos.

Construir vínculos de identificación de si mismo, convierte la educación interior en alternativa de solución al problema de la realización personal a través de la acción humana, porque su finalidad radica en conformar el quehacer en la intención y convertido en la realización que es anhelada por la persona.

La educación interior desliga el ser humano de la cultura del no se puede, consecuencia de la forma de pensamiento dependiente y derrotista que tenemos incrustado desde la conquista, el cual se caracteriza porque lo que se debe hacer, se diluye en la discusión donde nada justifica las explicaciones, como una consecuencia de que “lo dicho hoy por uno o por otros, no vale mañana y de acuerdo con esa condición, comprometerse consigo mismo es lo mismo que no comprometerse”[4].

Este significado de la dependencia, convoca la duda en beneficio de la inacción, como consecuencia de esperar hacer mañana lo que se puede hacer hoy, asistiendo impotente al paso del tiempo sobre las decisiones, consecuencia de que sin educación interior: El motor interno que posee el ser humano se encuentra movido por el conformismo.     

Para contrarrestar esta realidad de nuestra cotidianidad: la creatividad, la iniciativa, el nivel de aspiración, el orgullo, la ambición y la imaginación de mundos posibles que fomenta la educación interior, favorecen la respuesta a la pregunta acerca de:

*[5]¿ Cómo educar desde la mirada interior, la experiencia de un ser humano capaz de orientar sus capacidades hacia la acción transformadora de sí mismo ?

De esta interrogante surge la siguiente hipótesis:   

“La educación interior implica un proceso de auto construcción, con el fin de generar la transformación de si mismo, liberando conocimientos que pertenecen al pasado”.

 

El desafío consiste entonces en saber: ¿ De qué manera se puede infundir en la persona el compromiso con un proyecto orientado a transformar su realidad interior ?

Para responder a dicha inquietud, la educación interior como acto inherente del ser humano, constituye una manera de develar las propias contradicciones internas, mediante la fuerza que genera el conocimiento de las fortalezas y de las debilidades, estado cognitivo emocional, que luego se refleja en las acciones cotidianas.

 

Gerardo Rodríguez

 

[1] Habilitar: Es una forma de aprender coherente con el ejercicio de la intención, de acuerdo con un proceso que consiste en auto infundir habilidades mediante la reconstrucción de la experiencia personal.

[2] VARELA, Francisco. De Cuerpo Presente. Editorial GEDISA. Barcelona. 1992.

[3] AGUILAR, Mario. Pedagogía de la Diversidad. 2ª. Edición. Imprenta Nuevo Humanismo. Victoria 735. Santiago de Chile. 2000.

[4] RODRIGUEZ, Mario (SILO). Humanizar la Tierra. Colección Pensamiento Estructural. Santiago de Chile. 1992.

[5] *En correspondencia con la respuesta a este problema, el proceso orientado a afirmar el talento básico para explorar el mundo interior, no establece ninguna explicación del ser humano. Simplemente, describe los fenómenos de la experiencia, centrando su acción en la descripción y no en la interpretación.